El miedo sin rostro
¿Dónde se almacenan los miedos que no se nombran?
—¿Estás acostada ya? —pregunta Karol del otro lado del teléfono.
Alcanzo a murmurar:
—Creo que me voy a morir.
Silencio. Un segundo, dos.
—No digas eso —me dice al fin, la voz quebrada. Pero no puede evitar el temblor. Yo tampoco, porque es el pensamiento frecuente que ronda mi cabeza desde que soy niña.
Este diálogo sucede luego de que sintiera como el frío recorría mi cuerpo y se instalaba en mi cabeza y mis piernas. Sentía que me iba a desmayar, estaba mareada, desorientada.
Nada nuevo en el horizonte
Desde que apenas era un personaje de menos de un metro de estatura, la posibilidad de que algo sucediera conmigo o mi familia me generaba intensas noches de insomnio. Con los años, normalicé dar vueltas en mi cama por horas e ir a la escuela cansada, que una simple caminata se convirtiera en un juego de aventura y un sinfín de situaciones que me mantenían alerta. Más tarde aprendí a identificar posibles salidas de emergencia, por si la tierra temblaba o algún río se desbordaba cuando menos lo esperaba.
Ese miedo constante no era solo parte de mi historia, estaba almacenado en el ADN familiar. Al final, la mejor herencia que me dejaron mis padres fue el estudio y la peor: los miedos. En específico el miedo a eso.
La palabra que no se dice
El miedo a eso fue el protagonista de varias sesiones de terapia con mi psicóloga. Aún recuerdo mis largas jornadas de llanto en ese sofá que se sentía enorme, abrazada a los cojines verdes cual si fueran escudos. Frente a mí, Valeria con su mirada de experimentada jugadora de póker, me mira fijamente sin mover un músculo de su rostro. Ni un pequeño gesto.
Es la tercera terapia donde Valeria me pregunta por la muerte de mi abuelo paterno. Un hombre que vivió 100 años de lucidez casi absoluta. Dicho sea de paso, el único abuelo que conocí. Con el tiempo entendí que lo que quería, entre otras cosas, era que nombrara a eso.
Pero eso era aquello de lo que no se hablaba en voz alta, era solo algo que resonaba en mi cabeza en las noches, en la antesala de un viaje, antes de cruzar la calle, cuando una araña horrible se cruzaba en mi camino.
Por no nombrarlo nunca vi películas de terror cuando era niña, porque eso podía estar cerca, en cualquier lugar.
Por eso, cuando hablé de esto en terapia lo supe: tenía miedo de morir. Cuando supe que mi miedo a la muerte había encontrado con los años miles de máscaras para ocultarse, lo miré a los ojos una y otra vez.
Valeria, mi psicóloga, procura que nombre a la muerte, para que que deje de ser eso irresuelto e innombrado.
Pero el miedo siempre vuelve. Como los Sin Rostro de Game of Thrones, esos seres que pueden cambiar de cara y adoptan la apariencia de cualquiera. Así, mi miedo cambia de forma. A veces se disfraza de prisa, otras de tristeza, y algunas veces es una sensación tan profunda que siento que el cuerpo ya no puede más. Nunca es el mismo, pero siempre está ahí.
Resurgió con el rostro de Flavio, mi amigo de universidad que murió en un accidente de moto; con la muerte de mi abuelo; hace poco con la partida de una amiga que se fue a litigar en los juzgados de otra dimensión. Resurgió con la pérdida de mi madre: el dolor más profundo y desesperanzador que he sentido.
Pero no siempre es tan obvio.
En terapia también descubrí que toda esa prisa que siempre llevo, ese miedo a perderme un plan, un amigo, un trago, es otra máscara del miedo a la muerte. Ese miedo que me hace acumular planes y proyectos que mi cabeza finge que puedo cumplir al mismo tiempo, como si fuera una máquina sin fin. Está en mi incapacidad de decir que no, como si negarme a ese amor o esa oportunidad significara que se me van a escapar los días y los perderé.
Me lleno de tareas sin parar, porque pienso que el tiempo se me acaba, que la vida se me escurre entre los dedos.
Pausa obligatoria
A pesar de que siempre estoy acostumbrada a correr, hace poco más de dos años, la vida me puso un alto. Mi madre murió. Con su muerte llegó el silencio, el vacío, y mi cabeza, más que nunca, comenzó a pensar en la muerte no solo como un fin, sino como una salida, una vía para escapar del dolor. El frío se instaló en mí y no se fue.
Hubo un momento en el que ni mi cuerpo ni mi cabeza querían seguir. El miedo persistía, alimentando la ansiedad. Mi mente se nubló tanto que no podía pensar con claridad, y cuando no podía pensar, tampoco podía producir. Me paralicé en medio del mar, sin saber nadar. Me hundía.
En el momento más angustioso, aparecieron manos, flotadores, canoas. Rostros conocidos, que sin hacer preguntas, me ayudaron a salir del agua. Logré llegar a la orilla, aunque el agua aún me cubre los tobillos
A veces, aún siento el frío recorrer mi cuerpo, alojarse en mis piernas, en mi cabeza.
El oficio de morir
Cuando me gradué de la universidad seguí la pista de madres que lloraban a sus hijos desaparecidos o asesinados. Recuerdo regresar a casa inundada en llanto, en miedo. Esa sensación no ha desaparecido aún después de más de cinco años.
Quisiera pensar que soy Arya Stark12 recorriendo las calles de Braavos, enfrentando al miedo y descubriendo mi humanidad tras los rostros de otros. Pero no lo soy. Para empezar, mi oficio es otro: yo escribo, hablo, escucho, y la única ‘arma’ que tengo es mi grabadora. Las pistolas y cuchillos no son lo mío. Tampoco intento vengar a nadie, ni soy corajuda.
Lo que he descubierto es que la muerte, ya sea física o simbólica, siempre ronda este oficio de una u otra forma. Narramos gobiernos que terminan y otros que comienzan, de forma tan épica como banal, que parecen un gol de tiro libre pitado en el minuto noventa de una final del mundo. Somos testigos en primera fila del derrumbe de ciudades, de la muerte de ríos, de derrames de petróleo, del desahucio de la salud pública. Y todo eso tiene que caber en un informativo de una hora, en 4,000 caracteres. Es difícil no preguntarse cómo vivir con eso. ¿Dónde guardo el miedo?
Tal vez sea esa cercanía con la incertidumbre, ese anhelo de que al fin pase algo, lo que hace que siga aquí. La explosión de miles de partículas que recorre mi cuerpo con una nueva historia, lo que hace que vuelva al oficio, a pesar del miedo.
*Arya Stark es el nombre de un personaje de ficción de la serie Game of Thrones, producida por HBO.
No quiero hacer ningún spoiler, pero ella no muere. (Lo siento, muy tarde, ya lo dije).



